martes, 8 de mayo de 2012

LA MISTERIOSA


Ella un día
veloz cruzó la niebla.
(Frágil, tímida, hermosamente discreta).

Sin darse cuenta, dos cuerpos se acercaban.

(Yo miraba secretamente
como una sombra en la sombra).

La noche, los días extraños, el sueño,
los largos pasillos del alba,
las ruinas de una ciudad inventada.

Hace tiempo escribí un poema
para encerrarla en la memoria.

Pero todo es un vacío,
un signo frágil de lo ausente.

No he podido reinventar su rostro.

Su voz, las huellas como un pájaro
que se acerca a un hueso junto a un muro,
picoteando pan bajo la lluvia.

Como el árbol en la llama, como las tumbas en la noche.

Los restos del deseo, todo eso que llamamos amor
y sólo es el olvido.

El humo de los días: las horas que pasan sin saberse
y dejan siempre una pregunta.

El silencio. La luz velada y tenue. Este rumor.

(Dónde estará ahora, en qué perdido laberinto).

Necesito verla.

viernes, 4 de mayo de 2012

Lo que arde en las palabras...



Lo que arde en las palabras.
Lo que se encuentra tras las grietas de la lluvia,
donde exhalamos el humo
y el latido de la tierra mojada.
Lo que sucede a los ponientes:
estalla ese beso como raíz o fuego,
en una sequedad más alta,
noche cierta y delgada música
en los jardines que destellan por tu nombre.
Sólo los labios al tiempo,
la destrucción del límite.
Abrazamos lo total, extendemos
la sombra por el aire: aquí la vida
pesa menos, y estamos atados
al regreso del eclipse. Pulsar la voz
en el desierto, encender la llama,
lo que ávidamente se rebela,
lo que canta en el cuerpo de la tierra,
la tempestad borrosa de la nada.
Decirte que el amor es este sonido
que se alarga sobre el día.
Que mi tiempo es tu tiempo,
y todo quedará algún día
escondido bajo la nieve.
Lo que dibuja el corazón del perro,
el vuelo del águila, la mirada del reptil.
El rumor del viento sobre el sauce,
los lugares abatidos, la memoria
de todo lo que al fin la muerte
recoge en su regazo. El tiempo
bajo el tiempo, la sangre del mundo,
el silencio,
los golpes del dios que nunca duerme.
Lo que decimos por encima de las nubes,
alterando la vida y la distancia.
La secreta ceremonia. Lo que se define
más lejos, más alto, más allá
del territorio de la luz. Lo que nunca
estará vencido, y secretamente corre
la cortina, y enseña las lámparas del beso.
Lo que se pronuncia en silencio, en voz baja,
acariciando la semilla del árbol,
la raíz antigua de la noche.
Lo que está latiendo sin latido.
Lo que traza la línea de la muerte.
Lo que mide la distancia entre un labio
y la estación del sol. (Las hojas muertas,
la vigilia, la ciudad que duerme
en el otoño). La sal de los bosques, la piedra antigua,
el páramo que el duende no conoce.
Lo que profana los pianos, la amarilla y dormida luna,
las sonatas del insomnio, las ventanas aniquiladas
por los vértices del sueño.
Lo que enteramente vive
y deja descendencia. (Pronunciar tu nombre,
abrir una puerta en la memoria,
amarte en un rincón del laberinto).
Lo que nos define sin nosotros,
lo que somos sin el ser.
(Las tardes de junio, los frutos en silencio).

Lo que devora el fuego, y primero es luz.
Lo que siempre es siempre todavía.



Luis Llorente
4 de mayo de 2012


miércoles, 2 de mayo de 2012

LA FURIA



El signo del día. No digas ese cuerpo. Hay un lugar que existe
detrás del olvido, de todo lo que sigue por el mar
como las líneas ocultas de una tarde borrada. Los ojos
que caen y los soles
que empiezan. Hay un perro aquí: los vientres insepultos, las cenizas acabándose.
Lejos el umbral de la memoria. Mantén la noche cerrada, los pasos
que se reflejan en la sangre, el latido del dios que vence
al eclipse de la lluvia. Cuidado con el día. Aquí hay un vasto reino.
Es domino de la voz y semilla en la palabra. Cuidado con el día. Aquí
tus ojos se posan en mi frente. Mis labios duermen y a veces sucede
un sueño impuro que entra al centro. Pienso en tu nombre. Los días borrándose
y todo queda
más al fondo de la noche, el ruido estepario, los canales de la luz, todos los signos
que nunca se equivocan. Yo te amo. Cuidado con el día.
La marea rompe, los refugios se destruyen. Alerta, alerta. Cuidado con el día.

Cuidado, que estallan las lámparas del beso
y aún estamos muertos. Cuidado, que no habrá memoria
detrás del humo. Cuidado con los lentos pulmones de la luna. Cuidado
con la noche, cuidado con el olor del mundo, 
con el rostro abandonado y las huellas de los siglos.
Cuidado con todo lo que nace.
Cuidado, que esto es un desierto más allá de todo.
Cuidado, que yo te amo
y la noche es negra y larga.

lunes, 30 de abril de 2012

COMIENZO A VER LA NOCHE


                       el subir verdadero del subir
                                                 J. R. Jiménez


Comienzo a ver la noche,
sus pasos orillados,
sus minutos descompuestos
al vacío de lo mismo,
en el aire,
hacia el signo del fuego.

Sigo la línea marcada
por los ojos cerrados,
el pulso entreabierto como un grifo celeste.
Como abrir el alma al paraíso.
Como tejer lo que se va,
lo que se está yendo
en este instante.

Comienzo a ver la noche y queda
un minuto de sol sobre la tierra.
Comienzo a ver lo que invisible nace
sobre el mundo, sobre este recinto
de la sombra. Lo que empieza como un ángel
y es oscuro, y nos da la lluvia y las palabras.

Lo que tanto ruido no podrá decir.
Lo que siempre nace.
Lo que nunca encenderá la muerte.

No habrá otro día.
No habrá otra noche para Dios.

miércoles, 25 de abril de 2012

OFICIO DE INOCENCIA



Tenemos otros ojos
cuando ha pasado el tiempo
y nuestra sombra es diferente, otro pulso
a la deriva de lo nuestro, una identidad
que va mudando, como todo lo que huye
sin saberse. Ahora abril tiende sus puentes
vacíos, sus ramas separadas por el sueño,
y las horas se desnudan en la luz de los lugares
que se ocultan, y yo estoy más limpio
y puro y seguro de mí mismo,
porque sé que habré acertado en mi respuesta,
porque sé que hay un engaño
en todo laberinto, en todo espejo de la vida,
oblicuo y convexo. Y siempre el odio
bajo el humo, las personas que sólo creen
en la mentira, lo que se disfraza como sol
y sólo es vacío. Pero uno sabe
dónde está su luz, dónde su pureza,
dónde la inocencia
siempre poderosa como un astro
sobre el muro del odio,
como una llama al fondo de la noche.

Y mi fuego basta.

jueves, 19 de abril de 2012

EL NIÑO



El niño está ahí. Coge sus juguetes,
no teme al tiempo ni al olvido,
inventa nubes y ciudades,
dibuja con sus manos los segundos.
El niño observa con cuidado, acaricia
la aurora y el eclipse,
la soledad del día ido.
Y el camino es esta muerte sin remedio,
pero él lo desconoce.
Fuera —en el jardín— hay un árbol.
(Se asoma lento a la ventana).
Es un silencio de siglos,
un lugar al fondo de la infancia.
Con su vida y con su luz pinta el paisaje,
encierra el mundo en este cuarto,
reduce todo a la alegría.

El niño mira
su tiempo en el espejo. Comienza a ver la muerte.
Siente los pasos del vacío, la ausencia de todo paraíso,
la soledad de sus juguetes. Se ha quitado la venda
en este instante: está viendo la vida.
(El mundo suena, los meses pasan, la gente muere).

Un día recuerda
dónde estuvo todo aquello,
dónde se quedaron esos mundos,
esos lugares tan sin muerte, ese perfil azulado
de las cosas. Las estrellas se habían roto.
El paisaje era una máscara
arrancada con desidia. Su cuarto era otra cosa:
una ciudad bajo la nieve,
un viaje constante y con insomnio,
un reducto de ceniza. Sólo juguetes bajo el polvo,
juguetes y distancia y un muro infranqueable
hacia ese antiguo reino, detrás del olvido.

El niño ya no es niño.

Sus libros, sus amigos, su familia,
su larga y tormentosa adolescencia.
La soledad a la deriva,
el viento a la deriva,
el mundo a la deriva.

El niño ya no es niño. Ahora cruza un bosque
y desconfía de los sueños. Ahora
ya no hay cielo ni casa ni pájaros ni tiempo.
La muerte se apodera de sus límites.
Es una extraña cicatriz, como un viaje submarino.

Su conciencia ya no tiene paraísos,
ni se fía de los dioses,
y las cosas siempre esconden una trampa.

Ahora llueve y el mundo es una jaula,
una tumba de donde nadie puede salir.

El niño ya es un hombre.
El niño ha muerto.


© Luis Llorente

martes, 27 de marzo de 2012

EL SILENCIO DEPARA LA COSTUMBRE

El silencio depara la costumbre
Contrariar el acto de la primavera
las flores los frutos las palomas
las huellas de una historia que borró la noche
la mano sagrada
sobre el vientre incendiado del sepulcro
la luz de las colinas
cayendo sobre el puente
el río que devora los instantes
la lluvia del lugar los húmedos tentáculos
el desierto que quedó
más allá de la ceniza
resbalando en los abismos
proclamando lo único
por encima de nosotros
la antigüedad de tu nombre
allí donde el viento dice muerte
allí donde estallan los dioses
allí donde el cuerpo es un naufragio
la línea
el origen
el canto
lo que habitas en nombre del deseo
lo que queda del día cuando nace una tormenta



Luis Llorente, La semilla iluminada