domingo, 3 de octubre de 2010

CABEZA FINAL

Todas las ideologías le dieron de palos.
No conoció la alegría de lo posible.
La humillaron la historia del mundo
y la vergüenza de su país,
la calvicie, los dientes perdidos,
una oscuridad excavada bajo los ojos,
el fracaso personal de su lenguaje.
El obrero que respiró en su interior
ávido de oxígeno y universo continuo
dejó caer el martillo. Fue la razón
quien cegó sus propias ventanas. Pero tampoco
encontró en el delirio conclusión alguna.
Por eso, quizás no fue tan descortés
esa manera de negar el mundo al despedirse.
Sucedió así: vomitada
la náusea de la época,
y reposando sobre la última almohada
volvió hacia la pared
lo poco que quedaba de su rostro.


                                      Joaquín O. Giannuzzi (Buenos Aires, 1924-2002)

*Del poemario Cabeza final (1991), en Antología poética (Visor)

SOBRE EL MUERTO CONSIDERADO COMO UN CREADOR IMPERSONAL

El muerto no es capaz de su propia poesía;
jamás está a la altura de sí mismo.
A su alrededor se ha organizado
un silencio de vacía materia mental.
La fiebre terminó, la familia abre las ventanas
y en la cocina lavan la vajilla.
Él no es él, sino un creador impersonal
confiado en el peso de su papel protagónico.
Hasta que lo despide un alarido
cuando ya se ha vuelto absolutamente ajeno
a su propia importancia
y a la carga poética que ha impuesto a la escena.


Joaquín O. Giannuzzi

*Del poemario Principios de incertidumbre (1980), en Antología poética (Visor)

viernes, 1 de octubre de 2010

EL FANTASMA DEL POETA

Sobre tanta muerte memorable,
el poeta escribe versos
en la luz de esta casa oscurecida.
Conoce este lugar y la suerte le acompaña.
Camina por el pasillo
con los ojos bien vacíos,
y un día se encuentra
con una triste sombra que no le reconoce.
Con su cuerpo transparente
ensaya una escena
aprendida de memoria.
Tan callados sus ojos,
tan heroico su mutismo
en la tempestad sedienta de esta fosa:
parte hacia la nada y no sabe volver,
o quizá conoce perfectamente el camino de regreso
pero prefiere huir,
prefiere alejarse inventando otra muerte
para estar vivo en el acto de su entrega.


Luis Llorente Benito (agosto 2010)

QUIZÁS

Quizás ni tenga nombre.
Anunciado sólo por el temblor
del follaje.
La risa invisible, el grito
de un pájaro, lo oscuro
de la voz. Cierta dulzura,
cierta violencia.
El espeso, voluble
tejido de la noche rozando ahora
el cuerpo del agua. Y por fin
la muy lenta pasión
del fuego, sofocada.
Era verano.


EUGÉNIO DE ANDRADE (traducido por Ángel Campos Pámpano)
Del poemario La sal de la lengua (Hiperión)

NOTA de A.C.P.:
Homero, Melville, Kavafis, Pessanha, Williams están citados aquí, sutil u ostensiblemente, para dar cuenta de una pasión por esa realidad "rugosa" tan rica en contradicciones que nos permite poner a Camilo Pessanha al lado de William Carlos Williams. Son algunos compañeros del alma, dicho sea con un ápice de presunción, marcas que delimitan el huerto, pequeño pero ennoblecido con su presencia.

Análisis general:
Palabras que más utiliza en este poemario: cal, huerto, luz, mar, mirada, sol, verano, frío, casa, viento, tierra, lluvia...
Eso dice mucho. Es un poemario escrito en Casa de Serrúbia, en Foz do Douro, de julio de 1994 a septiembre de 1995.

Crítica:
Un poemario de senectud, sabio, pulido, sereno: con una emoción luminosa y contenida y con esa mirada íntima a las pequeñas cosas y a la infancia desde la inminencia de la muerte. Absolutamente profundo desde la brevedad de sus poemas. Un lenguaje despojado y evocador. El poema dice más de lo que dice. Donde acaba empieza una especie de magia. Uno lee este poemario y se queda con una sensación gratificante. Poemas como destellos fugaces de un mismo aliento poético, y una obsesión temática que los va hilando a lo largo de las páginas. Un poemario homogéneo, preciso, vivo, con imágenes simples al tiempo que brillantes, y en el que se conjuga una sabia verbalización del mundo con una recreación en la belleza del poema: La sal de la lengua. Un fruto de invención y una lección de maestría poética desde el oficio trabajado de la palabra. Un libro de un poeta viejo y sabio. Una mirada desde los dones aprendidos de la escritura, desde la sencillez y desde la belleza del ritmo y del lenguaje. Como dice en un poema: "Sólo quien ama así las aves/ trae todo el sol en la mano."
(opinión de Luis Llorente Benito)

HAS TARDADO MUCHO

Has tardado mucho, esta vez.
Llegué a pensar que te habías perdido
en la crispada blancura de la nieve.
Una luz anónima,
de fotografía antigua, es ahora
la tuya. Ya no tendrás otra.
Ni otro silencio por vestido
para defenderte del frío.
Hay también cierto orgullo
velado en la manera de mirar,
como si la claridad
fuese tu casa, tu
edad. Y la rosa
que siempre vi en tu mano
tiene ya un color apagado.
Nada pregunto, nada me dices,
pero una sonrisa breve brilla en la sombra.
Anónima, no tarda
la luz en protegerte, y llevarte.

EUGÉNIO DE ANDRADE
(traducción de Ángel Campos Pámpano)

AL FINAL DEL VERANO

Al final del verano vuelven los niños,
corren en la escollera, corren en el viento.
Tuve miedo de que no volviesen.
Porque los niños a veces no
regresan. No se sabe por qué
pero también ellos
mueren.
Ellos, frutos solares:
naranjas granadas
caquis. Jugosos
en el otoño. El que vive dentro de mí
también ha vuelto; continúa corriendo
en mis días. Siento sus ojos
reír; sus ojos
pequeños brillar como clavos
cromados. Siento sus dedos
cantar con la lluvia.
El niño ha vuelto. Corre en el viento.


EUGÉNIO DE ANDRADE
(traducido por Ángel Campos Pámpano)

NACIMIENTO DE LA MELANCOLÍA

Lentamente fui despertando en una luz de conejos,
frente a un tinajero de rostro de piedra y mojada barba de helechos,
seguido por un perro que hacía volar los gallos
y saltar los fuegos fatuos en la noche.

Todo se iniciaba en secreto:
el olor del cacao en los patios crepusculares,
los rojos navíos celestes,
la campana en pescuezo de los asnos,
el hollín en las paredes de la cocina,
la araña en el dibujo sideral de los rincones.

Comenzó mi soledad bajo unos árboles de follaje negro
donde se escondía el crepúsculo con siete gatos blancos.

Alrededor ascendían los girasoles
y detrás de los árboles rojos anidaban las serpientes.
¿Había una cigarra cantando en la penumbra de mis ojos?

Los ramajes de la tarde caían sobre caballos
y una llanura tendía una luz amarilla para las casas de palma.
Había una comarca de nubes donde dormían los tigres.

Todo se iniciaba en secreto:
el sabor del chocolate,
Tío Conejo entre los árboles lunares,
el paso del jinete por la calle de la noche,
el brilllo del murciélago en la sombra.

Lentamente todas las mañanas eran nuevas,
con una ardilla que se esondía en la manga de mi camisa,
con una cometa sobre la colina de las cruces,
con un viento de arena cruzado por un río
bajo la sombra azul de los bambúes.

Yo iniciaba la era de las aves migratorias,
de los horizontes fluviales,
de las oscuridades diurnas en el fondo de los juncos.

¿Qué guardaba el agua en su movimiento de penumbra y miedo?
¿Dónde comenzaba aquel día de naranjo y trueno?

No había límites para las horas,
sino la aparición de alguna mariposa lenta,
de un negro rumor de lluvia en las montañas.

Yo iniciaba la era de los rostros.
Todos se reunían bajo la lluvia y los relámpagos.
Mi padre me sonreía con su pipa entre los dientes.

Mi madre tenía los ojos tristes como si mirara un bosque lejano.

Mis hermanas tenían criznejas y grandes lazos rojos.
Había un anciano de barba blanca que nos hablaba de los animales.

¿Había oído, acaso, el nacimiento de la noche en las guitarras?

Yo iniciaba la era de las puertas.
Había puertas para los hombres y puertas para los caballos,
y puertas para los muertos,
y vi que las hormigas abrían puertas en la tierra,
y que las aves abrían puertas en los árboles,
y que la noche cerraba las puertas de las casas.


De Los espacios cálidos (1952)

VICENTE GERBASI